Ha sido como un abrir y cerrar de ojos. Sin darme apenas cuenta, hace ya más de cuatro años que vivimos en Madrid. Los funcionarios medimos la vida en trienios, luego ya hemos hecho un trienio en la capital de España y casi vamos a por el segundo. Han pasado tantas cosas que siento cierto vértigo al recordarlas, pero lo importante es que nuestra vida a cambiado para mejor en la mayoría de los aspectos posibles.
Uno de ellos, el que se me hace fundamental, es que he descubierto un universo en expansión en cuanto a lo que a mis aficiones. Esta ciudad, sé que es habitual decirlo, le permite a uno encontrarse a sí mismo, ser quien realmente es. Para los que somos de provincias, encontramos en sus calles abarrotadas lo que no hemos encontrado en nuestras ciudades de origen: la construcción de un yo sin reproches.
Quien me conoce de verdad sabe de mi temprana afición a gran parte de lo que se viene a llamar mundo friki: mangas japoneses, comics americanos, animes, videojuegos en todas sus formas posibles, películas y libros de ciencia ficción, cartas coleccionables (el año pasado fue sin duda el de Star Wars Unlimited), rol (por fin terminé Vampiro: La mascarada), consolas (PS4, emuladoras de Anbernic, Game Boy, PSP, Steamdeck...) , cine alternativo, figuras, series de televisión... Mis aficiones, huelga decirlo, me han definido, pero también mis carencias a la hora de poder cultivarlas.
Porque la realidad es que gran parte de mi vida me he sentido forzosamente alejado de mis aficiones. He sentido que no podía disfrutarlas en su necesaria medida y sobre todo, que no podía compartirlas con demasiada gente, salvo con un grupo selecto de amigos. En Badajoz las tiendas de este género nunca han sido especialmente buenas. Lo que ha llegado ha sido, siendo generosos, deficiente.
En mi adolescencia y primera juventud estuve prácticamente huérfano de amigos con quien compartir esa parte de mis aficiones que tanto me estimulaba. Como adulto tuve la suerte de poder compartirlas con un grupo de amigos, algunos de los cuales formaron eso que se llamó en su día el club Vradbury de Badajoz. Es triste y doloroso admitir que aquel grupo acabó, por motivos que no vienen al caso, como el rosario de la aurora. Es duro pensarlo en esos términos, ciertamente, porque cada sombra tuvo sus luces, pero algunos náufragos del desastre fuimos capaces de construir nuevos refugios en nuevas islas. Eso sí, siempre en islas, siempre aislados, siempre en esa dinámica entre la supervivencia intelectual y la desesperanza por el futuro.
Temporalmente, el final de aquella etapa coincidió con el inicio de mi mudanza a Madrid. Encontré cierto refugio en aquellos tiempos revueltos en el cultivo de mis aficiones, ahora sí sin las ataduras de una ciudad pequeña. Madrid de repente me ofrecía un abanico inmenso de posibles lugares-refugio, de tiendas donde curiosear, comprar, aprender lo que me interesa y me gusta, y en fin, ser yo mismo. Al tiempo que la realidad se hacía mas oscura, y que el mundo tal como lo conocíamos hasta ahora se venía abajo, podía sin embargo encontrar un abanico inmenso donde encontrar todo aquello que siempre me había interesado, y tengo el privilegio de haberlo hecho además en compañía de Pri, que a su vez ha ido uniéndose a mi afición por estos mundos de ficción y fantasía compartidos hasta navegar sola cultivando sus propios gustos.
Procedo a continuación a una serie de artículos sobre esos lugares fascinantes que componen, sin Coixet mediante, el mapa de los sonidos frikis de Madrid.
