Ahora que vuelvo a leer, ha caído en mis manos un ensayo llamado "Simulacro y cultura" (1978), del filósofo francés fallecido en 2007 Jean Baudrillard.
Para aquellos que hemos profundizado en las múltiples capas de la película de las hermanas Wachowski The Matrix (1999), este filósofo es conocido por haber inspirado en parte el propio concepto angular que despliega el filme, concretamente el de la utilización por la IA del programa Matrix como realidad falsa generada computacionalmente para simular la realidad auténtica, siendo la simulación, a su vez, un espejo invertido, exactamente lo contrario que la realidad que simula.
Esta premisa que parece un trabalenguas es lo que propone dicho ensayo filosófico: la idea de que gran parte de la realidad que nos rodea, de las situaciones, comportamientos e ideas que conforman nuestro día a día y nuestra realidad, no son más que simulaciones de otras realidades que no existen, y que paradójicamente, son lo contrario de lo que fingen ser.
En el texto se hace referencia a un ejemplo concreto pero muy ilustrativo: las tumbas de los faraones egipcios. En su origen milenios atrás, enterrar al faraón en su tumba era un acto de intimidad absoluta, puesto que el propio ritual del enterramiento en sí exigía unos ritos religiosos específicos que aseguraran que el cuerpo y el alma del dios rey faraón descansaran eternamente bajo una calma y silencios absolutos en un lugar ocultado al resto del mundo. Esa es su naturaleza: la ocultación, la desaparición.
Pero en la modernidad actual, insensible a los ritos simbólicos, cuando se encuentran las tumbas por los arqueólogos, estas son vaciadas de sus objetos, rituales y símbolos, extrayéndose los mismísimos cuerpos momificados de los faraones de sus ataúdes, para sacrilegio absoluto del ritual original, a fin de ser acto seguido expuestos en museos abiertos al público, donde la sala de exposición a su vez simula el espacio que ocupaban en las tumbas, de forma que son así expuestos y contemplados por miles de ojos extraños día y noche. El simulacro es por tanto, total, ya que "imita" la realidad del original, pero la simulación destruye por completo su significado original, hasta llevarlo a una naturaleza que es justo la contraria del original: ni intimidad, ni silencio, ni descanso eterno, ni ocultación del mundo.
No he podido evitar hacer mis propias analogías. Vivimos en la era de lo digital, qué duda cabe, en una dualidad permanente entre nuestras vidas digitales y nuestras vidas físicas. Instagram sería el hito perfecto del simulacro: publicamos fotografías y videos donde mostramos vidas que solo pueden calificarse como perfectas, vidas que en otros tiempos solo podrían llevarse por millonarios aventureros, si acaso. Mostramos cuerpos adónicos, caras filtradas siempre en su mejor y más atractiva versión, sin arrugas ni imperfecciones. Exponemos los más fascinantes y exóticos viajes. Comemos auténticos manjares. No paramos de realizar estimulantes actividades. Mostramos objetos de marcas deseadas. Vestimos ropas que siempre nos sientan bien. En definitiva, el algoritmo, que en el fondo nos muestra lo que queremos ver, nos presenta vidas que son la mejor versión de las vidas que podríamos imaginar. Nos pone ante un espejo de cientos, miles, millones de personas llevando vidas aparentemente espectaculares, mientras otros tantos millones las contemplan y las ansían.
No es un secreto para nadie que en realidad todo es una gran farsa: cada publicación esta preparada, todo está simulado: cada pose, la luz, cada objeto, cada lugar visitado. Lo real es la anécdota sobre el total. Estas vidas perfectas son la simulación grotesca de una realidad que no existe, pero que se intenta por todos los medios digitales posibles fingir. Se recrean vidas felices, sin imperfecciones, que realmente no se tienen, y que en su gran parte, no existen en la vida real.
El simulacro, es decir, la hiperrealidad, trata y a menudo logra sustituir así a la propia realidad, trata de ocultarla imitándola en su mejor versión, el mapa sustituye al territorio, citando a Borges. Pero, a su vez, es una falsa imitación, puesto que la realidad auténtica es justo lo contrario de lo que el simulacro digital muestra.
La mayor parte de la población, incluidos quienes publican y quienes observan, viven vidas que nada tienen que ver con la aventura, vacías, solitarias a pesar de la hiperconexión, ahogadas económicamente con salarios que no dan siquiera para lo más básico, la posesión de una vivienda propia. Del mismo modo, la gran mayoría de turistas no tienen, en el fondo, ningún tipo de interés ni inquietud por la cultura ni por los monumentos del país que visitan, salvo claro está, la obtención de las fotos de rigor, y esas pretendidas boyantes economías personales capaces de costear exóticos destinos son financiadas a través de préstamos de terribles condiciones a pagar durante meses o años. Algo similar ocurre con los objetos lujosos que se exponen en las redes: bolsos, teléfonos, coches, ordenadores, televisores, relojes, o joyas, objetos que se compran a través de deudas, o que incluso, rizando el rizo de lo simulado, directamente ni siquiera se compran, puesto que en esta fase de capitalismo se alquilan a través de nuevas modalidades de préstamos financieros como el renting o el leasing. No es que se simule tener la capacidad de poseer, es que se simula incluso la propia posesión.
Los algoritmos que controlan la simulación de la realidad, es decir, Instagram y las otras redes sociales de exposición, se me antojan a la luz de este ensayo como unas enormes mentiras colectivas, abarrotadas de millones de vidas perfectas simuladas meticulosamente, mostradas sin descanso, que esconden en su inmensidad una realidad mucho mas turbia y oscura: que no hay más verdad que la de que el simulacro sirve como objetivo último para la ocultación de lo que Baudrillard llamó el desierto de lo real.

