viernes, 5 de enero de 2018

¿Por qué escribo? Por George Orwell (extracto)


 1. El egoísmo agudo. Deseo de parecer listo, de que hablen de uno, de ser recordado después de la muerte, resarcirse de los mayores que le despreciaron a uno en la infancia, etc., etc. Es una falsedad pretender que no es éste un motivo de gran importancia. Los escritores comparten esta característica con los científicos, artistas, políticos, abogados, militares, negociantes de gran éxito, o sea con la capa superior de la humanidad. La gran masa de los seres humanos no es intensamente egoísta. Después de los treinta años de edad abandonan la ambición individual -muchos casi pierden incluso la impresión de ser individuos y viven principalmente para otros, o sencillamente los ahoga el trabajo. Pero también está la minoría de los bien dotados, los voluntariosos decididos a vivir su propia vida hasta el final, y los escritores pertenecen a esta clase. Habría que decir los escritores serios, que suelen ser más vanos y egoístas que los periodistas, aunque menos interesados por el dinero.


2. Entusiasmo estético. Percepción de la belleza en el mundo externo o, por otra parte. en las palabras y su acertada combinación. Placer en el impacto de un sonido sobre otro, en la firmeza de la buena prosa o el ritmo de un buen relato. Deseo de compartir una experiencia que uno cree valiosa y que no debería perderse. El motivo estético es muy débil en muchísimos escritores, pero incluso un panfletario o el autor de libros de texto tendrá palabras y frases mimadas que le atraerán por razones no utilitarias; o puede darle especial importancia a la tipografía, la anchura de los márgenes, etc. Ningún libro que esté por encima del nivel de una guía de ferrocarriles estará completamente libre de consideraciones estéticas.


3. Impulso histórico. Deseo de ver las cosas como son para hallar los hechos verdaderos y almacenarlos para la posteridad.


 4. Propósito político, y empleo la palabra “político” en el sentido más amplio posible. Deseo de empujar al mundo en cierta dirección, de alterar la idea que tienen los demás sobre la clase de sociedad que deberían esforzarse en conseguir. Insisto en que ningún libro está libre de matiz político. La opinión de que el arte no debe tener nada que ver con la política ya es en sí misma una actitud política.

lunes, 9 de octubre de 2017

Los desayunos del café Europa

Antes de comenzar la universidad ni siquiera me gustaba el café. Su olor me resultaba agradable, pero su sabor lo relacionaba con las obligaciones de la vida adulta, a la que no me sentía pertenecer y que, por tanto, rechazaba. Sin embargo, el pasar de los años en la alta academia me habituó el gusto hasta amoldarlo a su amargura. Ahora, una década después, el café ya sí es un verdadero disfrute.

Normalmente pido café manchado, es decir, mucha leche y poco café. Es una combinación simple, pero en extremo placentera. Ahora que vivo en Lisboa, me es imposible encontrar dicha combinación en ningún lugar. El café aquí es amargo siempre, con un sabor más puro, pero violento para mi gusto infantilizado.

El lugar que elijo cuando estoy en Badajoz para desayunar es uno de esos bares que entran en la categoría de bares de señores que bajan al bar, llamado Café Bar Europa.

Este oasis de lo real se encuentra en el mismo centro del barrio obrero de La Paz. Su terraza siempre tiene sombra fresca por las mañanas y, en los meses de calor -es decir, casi todos-, corre una brisa fresca en extremo agradable. A su alrededor se agrupan varias tiendas de barrio: una frutería, un ultramarinos -sí, existen-, una panadería, otro par de bares. Cómo en el centro de un valle, el local está situado entre dos filas enormes de edificios de gusto arquitectónico deplorable, creados al calor de la pura necesidad proletaria.

A fuerza de costumbre aprecio mucho el lugar, quizás por ser un espacio sin pretensiones de ningún tipo. Sus clientes habituales son amas de casa entradas en años, currantes en descanso de faena, jubilados varones y algún despistado que tiene cita en el centro de salud cercano.

Sus dueños son un matrimonio de unos cincuenta y tantos. Ella es invisible, puesto que permanece enclaustrada tras la puerta de la cocina y jamás la he visto salir, y a él, que irradia una inmensa soledad y melancolía en sus ojos tristes, rara vez se le ve más allá de la barra. Eso lo hacen los dos camareros que se intercambian turnos en el servicio de terraza, siempre eficientes y silenciosos.

Me gusta mucho la tranquilidad del lugar. Me gusta observar a su clientela, espiar sus vidas. Me gusta su café manchado, amargo en su justa medida, sus desayunos siempre generosos y sus precios asequibles. El lugar jamás será popular, ni tendrá página web, ni saldrá en las guías de viajes. Pero en eso radica, pienso, su encanto. En tiempos de avance de la locura, es agradable encontrar lugares que aún poseen el espíritu de lo real, de lo costumbrista, de lo cotidiano. 

lunes, 2 de octubre de 2017

Lunes de tristeza


Finalmente ocurrió lo peor.

Las imágenes penosas, lamentables, escalofriantes, de lo acontecido ayer en Barcelona sonrojan a todo ser humano con un mínimo de cordura. Nunca en toda mi vida había sentido, como sentí ayer, helárseme el corazón.

En esta guerra de banderas, de naciones huecas de humanidad, de odios largamente acumulados, ... vago por tierra de nadie. No estoy sólo en este exilio, me consta, pero mis afines hemos construido en estos meses de locura colectiva nuestra propia isla, que es privada y solitaria, nuestra y de nadie más. Un refugio contra el mundo.

Pero no hay isla tan lejana a la que no lleguen los ecos del odio y del dolor. 

No hay realmente palabras. 

Yo me niego a participar en este despropósito colectivo. Buscadme cuando bajéis de vuestras atalayas morales, no antes. Cuando os sonroje ser la vergüenza de la civilización. Cuando comprendáis que vuestras banderas de colores vivos son tan negras como la muerte. 

¡Qué tristeza, que enorme tristeza! 

Mapa de los sonidos frikis de Madrid (Parte 1)

Ha sido como un abrir y cerrar de ojos. Sin darme apenas cuenta, hace ya más de cuatro años que vivimos en Madrid. Los funcionarios medimos ...